lunes, 20 de septiembre de 2010

Cuatro: Trece de diciembre

Más que un par de e-mails y mensajes de texto no supe de ti hasta que aparecí en tu casa con un libro de matemáticas y dormí en tu sillón mientras hacías mi tarea. Recuerdo tu olor, el sentirte cerquita y dormir en tu hombro. Tus abrazos, tus sonrisas, tus caricias, me parecen tan cercanas cuando las recuerdo.

Me despertaste con un beso y sentí como la tibieza de tus manos se colaba por debajo de mi blusa y subía por mi espalda. Llegabas a los lugares que nadie había llegado y te pregunté -¿Me explicas el gráfico de ahí? Es que no lo entiendo.

Entre matemáticas y besos se me hizo tarde y me acompañaste abajo. Estabas delante mío y al llegar al último escalón volteaste y yo, un escalón más arriba, quedé justo delante tuyo. Empezaste a besarme cada vez más apasionadamente, dejándome saber todo lo podías hacer. Me tomabas de la cintura y dibujabas figuras en mi espalda con tus manos.

Repetimos la rutina cada piso que bajábamos, me tomabas y me ponías contra la pared fría y te desesperaba tocar mi cuerpo cuando yo no sabía exactamente qué hacías y sólo te seguía porque me fascinas.

Llegamos al primer piso me diste un beso rápido.

-Chao
-Chao

. . .

Estaba en la cama y veía como las sábanas se mojaban un poquito más con cada lágrima que caía. No sabía en qué me había convertido, qué me estaba pasando, no quería que sucediera otra vez pero a la vez no quería decirle que no. El simple deseo de tenerlo cinco minutos más a mi lado me hacía olvidar que alguna vez había tenido dignidad o decisión.

-Hola amigo. -la saqué de la mochila y me quedé mirándola, preguntándole si hace daño o me hace feliz. Me quedé mirando su reflejo con la luz blanca de mi cuarto por un minuto que parecía una eternidad. El ruido de la sala se enmudecía al llegar a mis oídos, todo era silencio y sólo voces que rondaban por mi mente. Remangué mi polera y rocé suavemente las marquitas de mis muñecas con la punta de mis dedos. Uno, dos, tres, sigue. Sientes como arde despacio, como aparecen colores, como se acercan aquellos pasos.

-¿Quieres algo de comer?
-No, gracias. Cierra la puerta.

Porque detrás de la puerta estoy yo y cuando la abres, está ella.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Tres: Cuando empecé a extrañarte

No hay persona más inestable que yo a los trece. Era de esas noches donde ves a todos en parejas y sólo puedes regresar a los recuerdos de un último beso, una última caricia. No sabía de ti desde aquella noche y la emoción se había ido deteriorando llegando a convertirse sólo en pequeños pensamientos que atormentaban mi cabeza que trataba de aprender productos notables.

Noté que él de repente ni recordaba lo que había pasado y que yo vivía de ese recuerdo. Trataba de que no me importara pero era casi imposible. No había día que no piense en eso y creo que de tantas películas de Disney, el haberlo besado tan de la nada me hacía sentir como una pequeña putita que había cometido uno de sus primeros pecados.

¿Nos acompañas a la actuación? -me dijeron ellos dos, y como no quería llegar temprano a casa los acompañé. En todo en camino noté que se miraban, sonreían y aunque sabía que ella sólo lo utilizaba me daban celos que ellos estén juntos y yo sólo pueda pensar en ti. Entonces cada segundo de esa noche me comenzaba a pesar. No soportaba verlos juntos un instante más, me despedí y me fui. Subí al primer bus que vi y al estar sola no podía más con eso y una lágrima salió.

Me baje rápidamente del bus, casi corrí hacia el lugar y lo vi afuera, sólo pude lograr abrazarlo y comencé a llorar, como nunca. Tranquila, todo estará bien -decía mientras me abrazaba y acariciaba mi cabeza. Ya no pienses él, no lo vuelvas a buscar. Te hace daño, déjalo -trataba de consolarme. Llegó ella y también me abrazó, trató de convencerme que no valías la pena pero tuvo que regresar. Él me llevó a un lugar más tranquilo, conversamos y me dijo (y hasta ahora me lo dice) que nunca le causaste una buena impresión y que no te volviera a buscar porque, para él, no eras una buena persona.

Me llevó a mi casa luego de secar cada una de mis lágrimas. No le hice caso.


domingo, 29 de agosto de 2010

Dos: May 10th

Meses pasaron sin ti, con uno que otro e-mail en mi bandeja de entrada, con uno que otro mensaje de texto. Surgen preguntas más que inocentes, predeterminadas como "¿Qué quieres que te regale por tu cumpleaños¡" y se responden con un "Con una visita tuya me basta"que te dejan pensando en las nubes. Y te los tomas tan en serio que llega la semana del diez de mayo y ya has escogido ropa y zapatos, sabes qué vas a decir y cómo reaccionar, has imaginado miles de situaciones diferentes que siempre tienen sonrisas cómplices, manos torpes y miradas dulces.

Llego a los salones que tú ya dejaste atrás y mi ansiedad es tal que no evité el vómito verbal y se lo dije todo a un amigo. Noté que no compartía mi felicidad cuando me dijo que él iría conmigo porque no confiaba en ti. Las horas pasan tan lento cuando quiero verte. Pero por fin salí y en mi caminata casi corriendo llegué a las rejas grises y gastadas del edificio donde vives. Subí y bajé como unas tres veces sin tener el valor de entrar a esa sala llena de personas que no conocía y claramente eran mucho mayores yo. Si no lo haces ahora no lo harás nunca, apúrate- me dijo, creo que más que por darme valor porque ya se quería ir pero el efecto que tuvo es lo importante así que subí y entré a la salita llena de cerveza y olor a cigarro.

Con voz temblorosa pregunté por ti y al rato saliste extendiéndome los brazos y me rodeaste murmurándome "que lindo que hayas venido". Salimos del departamento y nos sentamos en el mármol frío de las escaleras. Hablamos de él, de mí, y "¿qué tal con tu enamorado?" y "terminamos" y "qué idiota". Su mirada estaba absorta entre mi escote, acercó su mano y cogió la piedrita de jade que colgaba de mi cuello. Me dio un abrazo y me dijo -En serio me alegra que hayas venido. Lento, nos separamos cuando nariz rozó la mía lo vi a los ojos y mezcló su aliento a alcohol con mi boca de niña. Me alejé asustada e incrédula, escuché sus disculpas, no les di importancia, seguimos hablando. Tenía esa sensación de emoción y culpa, de haber logrado lo que quería pero saber que no estaba bien. Creo que ese fue el momento en el que olvidé los trece años e hice lo que quería, con quien quería, cuando quería y si tenía una buena excusa para salir de casa.

Me diste otro de tus besos al despedirnos y luego me dijiste algo como "Suerte en el cole" o "Estudia" que mató por completo el ambiente de igualdad en el que estábamos para volver a marcar la diferencia entre tú y yo.

Al salir no sabía si reír o llorar sólo pude abrazarlo y decir muy bajito "Me besó". Caminamos alterados hasta el paradero subí al primer bus que encontré y a voltear él ya no estaba. -Tú no te metas esto es entre ella y yo -le dije que no se metiera y lo hizo. Al siguiente día mi miraba con un poco de vergüenza y me dijo -Fui a hablar con él, no es posible que haga eso contigo, eres muy menor para él. Ahí perdí la noción del tiempo, los años se volvieron polvo y nunca más pregunté edades o al menos ya no me importaban. Aquel chico de veintiún años, si me dio un beso, me dará más, ya verás. Él fue el primero, pero no fue el último.

Uno: Tú

Me parecen lejanos los salones fríos y blancos en los que te conocí. Volver a ese día en que entraste con olor a cigarro y me hablaste en el balcón, que con una tontería me sacaste el e-mail y desde ahí sigo pensando cómo han pasado cuatro años. Cuatro años, cuatro veranos, cuatro veces empezar una relación, cuatro veces terminarla; cuatro distintas personas con las que salimos, y dejándolas. Cuatro años soy un chiste y tú te llevaste más que un abrazo al irte.

Recuerdo cada pequeño detalle de nuestros encuentros, recuerdo tu ropa, tu olor, tus besos, puedo vivirlos otra vez. Recuerdo los e-mails con excusas tontas para verte que te mandaba, recuerdo que me tratabas como una niña, que hablabas con pasión sobre no sé qué grupos de metal y yo sólo te miraba y decía “Ah sí, son buenos”.

Tal vez mi error fue verte como alguien inalcanzable para mí, pensar que yo no era lo suficiente como para que quisieras salir conmigo, creer que yo no soy nada para ti. Lo sé, puede que no haya sido ni sea nada pero que más da, todos somos la misma basura.