Meses pasaron sin ti, con uno que otro e-mail en mi bandeja de entrada, con uno que otro mensaje de texto. Surgen preguntas más que inocentes, predeterminadas como "¿Qué quieres que te regale por tu cumpleaños¡" y se responden con un "Con una visita tuya me basta"que te dejan pensando en las nubes. Y te los tomas tan en serio que llega la semana del diez de mayo y ya has escogido ropa y zapatos, sabes qué vas a decir y cómo reaccionar, has imaginado miles de situaciones diferentes que siempre tienen sonrisas cómplices, manos torpes y miradas dulces.
Llego a los salones que tú ya dejaste atrás y mi ansiedad es tal que no evité el vómito verbal y se lo dije todo a un amigo. Noté que no compartía mi felicidad cuando me dijo que él iría conmigo porque no confiaba en ti. Las horas pasan tan lento cuando quiero verte. Pero por fin salí y en mi caminata casi corriendo llegué a las rejas grises y gastadas del edificio donde vives. Subí y bajé como unas tres veces sin tener el valor de entrar a esa sala llena de personas que no conocía y claramente eran mucho mayores yo. Si no lo haces ahora no lo harás nunca, apúrate- me dijo, creo que más que por darme valor porque ya se quería ir pero el efecto que tuvo es lo importante así que subí y entré a la salita llena de cerveza y olor a cigarro.
Con voz temblorosa pregunté por ti y al rato saliste extendiéndome los brazos y me rodeaste murmurándome "que lindo que hayas venido". Salimos del departamento y nos sentamos en el mármol frío de las escaleras. Hablamos de él, de mí, y "¿qué tal con tu enamorado?" y "terminamos" y "qué idiota". Su mirada estaba absorta entre mi escote, acercó su mano y cogió la piedrita de jade que colgaba de mi cuello. Me dio un abrazo y me dijo -En serio me alegra que hayas venido. Lento, nos separamos cuando nariz rozó la mía lo vi a los ojos y mezcló su aliento a alcohol con mi boca de niña. Me alejé asustada e incrédula, escuché sus disculpas, no les di importancia, seguimos hablando. Tenía esa sensación de emoción y culpa, de haber logrado lo que quería pero saber que no estaba bien. Creo que ese fue el momento en el que olvidé los trece años e hice lo que quería, con quien quería, cuando quería y si tenía una buena excusa para salir de casa.
Me diste otro de tus besos al despedirnos y luego me dijiste algo como "Suerte en el cole" o "Estudia" que mató por completo el ambiente de igualdad en el que estábamos para volver a marcar la diferencia entre tú y yo.
Al salir no sabía si reír o llorar sólo pude abrazarlo y decir muy bajito "Me besó". Caminamos alterados hasta el paradero subí al primer bus que encontré y a voltear él ya no estaba. -Tú no te metas esto es entre ella y yo -le dije que no se metiera y lo hizo. Al siguiente día mi miraba con un poco de vergüenza y me dijo -Fui a hablar con él, no es posible que haga eso contigo, eres muy menor para él. Ahí perdí la noción del tiempo, los años se volvieron polvo y nunca más pregunté edades o al menos ya no me importaban. Aquel chico de veintiún años, si me dio un beso, me dará más, ya verás. Él fue el primero, pero no fue el último.